La maestra de escuela secundaria Molly Chehak habla sobre el tiempo incesante que sus alumnos pasan en el Internet y sugiere que la mejor manera de ayudar a los jóvenes a correr menos riesgos en el Internet es enseñándoles la conducta ética tradicional.
Como maestra de una escuela secundaria autónoma en el área de Washington D.C., veo a mis alumnos rodeados de tecnología, desde reproductores MP3 y teléfonos inteligentes hasta la última computadora portátil más delgada. El hecho de que ellos puedan acceder a Facebook mientras caminan por el pasillo es principalmente una bendición. Nosotros, los adultos, inmersos en nuestros propios temores e inseguridad todavía nos preocupamos acerca de las consecuencias que los adolescentes aún no pueden visualizar a cabalidad. Por lo tanto, el temor principal con respecto a la tecnología va de la mano con una de los principales preocupaciones que tienen los padres: ¿cómo les enseñamos a los preadolescentes y a los adolescentes a evaluar las situaciones de manera responsable y a tomar buenas decisiones?
Esta pregunta en realidad no es una pregunta técnica. La tecnología simplemente proporciona una plataforma más grande desde la cual se pueden difundir los errores que cometen los jóvenes a un grupo mayor de jóvenes usuarios. Cuando era adolescente, si pescaban a tres chicos pasándose notas groseras, los tres tenían que ir a la dirección y el asunto quedaba en su mayor parte en privado. Hoy día ese tipo de situación se ventila en Facebook e involucra la teoría de los seis grados de separación de todo el mundo que utiliza el Internet. Este hecho tiende a pasárseles por alto a los alumnos. Ellos no ven el Internet como un medio público, más bien como una extensión de sus dormitorios. No visualizan a las millones de personas cuyos nombres y caras no conocen que estarían descargando su foto de sus álbumes, ni a los directores que ellos conocen que verían la foto de alumnos bebiendo en una fiesta (cuando la coloca un amigo que se siente ignorado o un amigo que lo hace con buenas intenciones pero sin pensar en las consecuencias).
Como padres y maestros, debemos enseñarles a los jóvenes a que protejan la configuración que establecieron para su privacidad en las páginas sociales, algo fácil de hacer, determinando quién puede ver su página, restringiendo el acceso a sus Muros y fotos y no permitiendo que se descarguen sus fotos. Sin embargo, eso significa que habrá otra capa más que impedirá que la comunidad de adultos vea lo que están haciendo. Mientras mejor se protejan los alumnos en el Internet, nos será más difícil saber lo que están haciendo en línea. Es por esto que debemos confiar en los alumnos y enseñarles a hacer la conexión entre lo que colocan en el Internet y lo que puede pasar en el mundo “real”.
Los jóvenes continuamente amplían el uso que le dan a los sitios sociales, sus teléfonos y sus computadoras. Un grupo de alumnos de química de una escuela local crearon un grupo en Facebook que se convirtió en un blog improvisado en el que ofrecían ayuda con las tareas. Se mantuvieron al tanto de las tareas y compartieron los recursos que encontraron. Los alumnos invitaron a la profesora como amiga y hoy día ella todavía usa algunos de esos recursos en su clase. Varios grupos extracurriculares en mi escuela usan páginas y grupos de Facebook para confirmar la hora de las reuniones y para hacer anuncios. Sí, los alumnos pasan una cantidad descomunal de tiempo viendo videos divertidos en YouTube (como la mayoría de los adultos que conozco), pero lo que YouTube les ofrece a los maestros en lo que respecta la ilustración de un experimento científico o ver a un autor hablar sobre sus obras es de valor incalculable.
Sin embargo, después de que un joven de diez años descubre el mundo de YouTube a través de sus amigos o de un proyecto escolar, la supervisión de lo que decide ver se vuelve crucial. El reto aumenta a medida que crecen los jóvenes y quieren su privacidad, la que creo debemos respetar hasta cierto punto -pero espero que para entonces, nosotros como padres y como maestros ya hayamos hablado con los alumnos frecuentemente acerca de los problemas, los cuales son más de carácter moral que técnicos.
Para entonces ya habremos hablado con ellos sobre por qué recogemos los teléfonos celulares durante los exámenes y sobre el hecho de que ser un buen amigo no significa enviar un mensaje de texto con una foto comprometedora a todo noveno grado (aunque la amiga te la hubiera enviado a ti primero). Ya habremos abarcado lo siguiente: ser una buena persona significa que no se participa en actos de acoso cibernético –en el peor de los casos, cuando veas que cinco personas atacan a alguien en Facebook, no participes; en el mejor de los casos, habla para detener el acoso.
Como administradores, debemos depender de las víctimas del acoso ahora más que antes, porque el acoso es muy difícil de detectar. Cuando los alumnos ven cosas ofensivas en línea que colocan los jóvenes de su edad, sólo podemos ayudarlos si ellos imprimen la página. De lo contrario, el Muro, el tablero de mensajes o la conversación por mensaje instantáneo que se actualiza constantemente desaparecerá y entonces será imposible hacer que los alumnos asuman la responsabilidad de lo que hicieron.
Una tendencia reciente en mi escuela es que las chicas muestran fugazmente partes íntimas de su cuerpo ante la cámara de su computadora mientras chatean en línea con los chicos. El reto para los que están viendo es tomar una foto en el momento preciso. Este asunto implica el problema de enseñarles a las jóvenes a respetar su cuerpo y a todos los estudiantes a hacer lo correcto, pero también implica darles una idea de lo que les podría pasar en el futuro. Quién sabe qué persona, de aquí a cinco años, buscará en Google a esa joven y encontrará la foto “tonta” que ella permitió que se tomara como broma. Las consecuencias son intangibles para los estudiantes, sin embargo afectan seriamente sus solicitudes de admisión a la universidad, su currículo vitae y la verificación de sus referencias.
Así como los estudiantes deben aprender cómo comportarse en línea, los maestros tienen que darse cuenta que las redes sociales, y básicamente cualquier cosa que hacemos en la computadora, crea un diario cibernético que alguien podrá leer en algún lugar, algún día. Nuevamente, como sucede con cualquier momento propicio para el aprendizaje, debemos practicar lo que predicamos.

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