Nota del editor
Hace tiempo, cuando estaba por finalizar la secundaria, mi amiga Kathy y yo compartíamos un cuaderno que llamábamos “Rhoda” (probablemente como un tipo de tributo simplista al programa de televisión “The Mary Tyler Moore Show”). En Rhoda registrábamos nuestras observaciones sobre compañeros de clase y maestros; nuestras ofensas o sufrimientos o nuestro entusiasmo desenfadado sobre todo lo que parecía ser urgente en ese tiempo; nuestros garabatos, fotos obscenas y malas palabras y todo lo que nos avergonzaba o nos asustaba decir en voz alta.
¿Cuál era nuestro mayor temor en aquel entonces? Que por alguna equivocación dejáramos a Rhoda en donde nuestros padres pudieran encontrarlo, o peor todavía, que Rhoda cayera en manos de nuestros compañeros de clase, quienes se enterarían de nuestros pensamientos más íntimos, tontos, malos, profundos e inocentes.
¿Qué sabíamos? Éramos niños tratando de adaptarnos y comprender la jungla que era nuestra secundaria. Éramos los líderes de las redes sociales, utilizando un anticuado cuaderno y plumas gordas para transmitir nuestras emociones básicas y nimiedades de nuestro tiempo. Ahora, por supuesto, los jóvenes usan los mensajes de texto, Twitter, Facebook, YouTube y otras herramientas derivadas de la evolución tecnológica para lo mismo.
Pero la diferencia es que sus comunicados tipo “Rhoda” de alta tecnología se encuentran allí, en el ciberespacio, posiblemente expuestos a la vista de todos. Seguramente, hoy un joven puede pensar que su mensaje de texto llegará a un amigo en particular, pero ese amigo puede reenviar el mensaje a toda la escuela, si lo desea. Una chica puede enviarle su foto a su novio y esa foto puede terminar en la Web o en los teléfonos celulares de un sinnúmero de extraños. Una maestro inexperto puede publicar información personal en línea sin siquiera imaginar que un posible empleador, estudiante o padre de algún alumno podría tener acceso a dicha información.
¿De qué manera nosotros, los “adultos”, que también a veces tendemos a un comportamiento impulsivo, podemos ayudar a que nuestros hijos o estudiantes comprendan que lo que publicamos en línea ahora tendrá consecuencias más adelante? ¿Qué necesitamos aprender nosotros, los adultos, acerca de los beneficios y riesgos de la actividad actual en línea de nuestros niños? ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos (y a nosotros mismos) a aprender a comportarse responsablemente ahora, hoy y en cada momento en que se comunican digitalmente (y nosotros, también)?
En esta edición de bNetS@vvy tratamos de ayudarte a encontrar las respuestas. En la sección De los expertos, la experta en la Generación Y, Anastasia Goodstein, nos ofrece consejos para ser expertos en tecnología y guías éticas para los jóvenes “nacidos en la era digital”. El artículo del Escritorio del maestro presenta el consejo sobre seguridad en Internet del Director Conn McCartan, cuya escuela recientemente fue noticia cuando la dirección disciplinó a trece estudiantes por beber alcohol, una violación que quedó plasmada en fotos publicadas en sitios de redes sociales.
En la Sección para padres preguntamos: “¿De qué manera los padres se ocupan de que sus hijos (y ellos mismos) sean conscientes de las consecuencias futuras de sus actividades en línea o inalámbricas?” Tres padres comparten sus experiencias y estrategias.
Y en Voces juveniles, Grace Muth, de quince años de edad, revela que a pesar de tener 500 amigos en Facebook, sabe cómo proteger su reputación en línea.
Gracias por tu lectura; haznos llegar tus consejos o estrategias para una actividad en línea responsable. Siempre deseamos contar con nuevos colaboradores para bNetS@vvy y te invitamos a compartir tus historias con nosotros vía correo electrónico a internetsafety@nea.org. Juntos podemos ayudar a que los jóvenes adolescentes aprovechen al máximo la tecnología, de manera más segura.

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