En el 2005, Anthony Varni era miembro del Comité Asesor de la Dirección en la escuela de sus hijos cuando surgió el tema de la agresión cibernética -a pesar de que nadie había escuchado el término “agresión cibernética” (cyberbullying). Lo siguiente es lo que él hubiese querido haber sabido hace tan solo tres años.
Regresemos a enero de 2005, cuando el Comité Asesor de la Dirección de una pequeña escuela parroquial en la región central de California afrontó una crisis desconocida en su clase de séptimo grado.
Se había vuelto popular una nueva página social en la red entre muchos de los estudiantes de séptimo año. Existía el límite de edad de 14 años, pero este requisito no era obligatorio, de manera que los estudiantes de 12 años de edad no tenían problema alguno para poner sus propias páginas en la red y enviar y recibir mensajes entre ellos, junto con fotografías y comentarios para que todos los vieran.
Esta nueva forma de comunicación cibernética parecía ser bastante inocente, hasta que un par de chicas de séptimo grado colocaron en la red comentarios groseros sobre una de sus compañeras. Otro estudiante imprimió los mensajes y los llevó a la escuela y se los mostró a otros compañeros de clase, quienes no tenían acceso a la página web.
La alumna había sido “agredida cibernéticamente”, a pesar de que el término era tan nuevo que nadie lo usó para describir lo sucedido.
La estudiante víctima del acoso cibernético estaba dolida y deprimida. Durante días se quedó en casa sin ir a la escuela porque estaba convencida que todos la odiaban y habían visto los comentarios puestos en línea.
Los padres de familia no piensan igual
Los padres de la víctima quedaron impactados y sacudidos cuando vieron una copia impresa de las cosas hirientes que escribieron las chicas; chicas con las cuales su hija había estudiado desde pequeña.
Los padres de las “agresoras”, las chicas que habían colocado los comentarios, consideraban que todo era una exageración, que sus hijas nunca tuvieron la intención de que la víctima viese los mensajes; simplemente estaban siendo chicas normales que ocasionalmente hablaban de otras chicas -¿no es eso lo que hacen la chicas?
Se convocó al Comité Asesor de la Dirección para enfrentar la situación. Los demás padres de familia, los miembros del claustro que estaban en el comité y yo estuvimos de acuerdo en que el incidente era terrible, pero no pudimos ponernos de acuerdo sobre cómo tratar la situación. Algunos de los miembros reconocieron que sus hijos tenían sus propias páginas en la red, pero que ellos las revisaban regularmente y descubrieron que el sitio era buen medio que les permitía conocer la forma en que pensaban y las actividades que realizaban sus hijos adolescentes. Otros miembros juraron que nunca iban a permitir que sus hijos tuviesen acceso a ninguna red social de este tipo.
Todos dilucidaron sobre qué podía hacerse a nivel escolar, ya que la mayoría de los comentarios los escribían fuera de la escuela y luego los chicos los imprimían y llevaban a la escuela.
Se desperdicia una oportunidad de aprendizaje
La directora trató de hacer lo correcto - juntó a las partes afectadas para dialogar sobre la situación. Les señaló a las agresoras cibernéticas que sus comentarios hirieron a la víctima, pero no tenía ni la más mínima idea cuán traumático podía ser un incidente de este tipo. No tenía a quién recurrir que la pudiera guiar para resolver la situación.
Claramente era una situación incómoda para todos los involucrados. Mientras se corría la voz sobre la agresión entre la comunidad escolar a través de la red del estacionamiento de la escuela, una red totalmente alejada del ciberespacio, parecía que lo que la directora deseaba era que todos se abrazaran y se olvidaran del asunto; que todo volviera a ser como antes que la agresión cibernética fuese un problema para la escuela. Ella declaró que todas las partes involucradas eran parcialmente responsables del incidente; a todos se los animó para que se pidieran disculpas.
De muchas maneras se perdió la oportunidad de tratar realmente el asunto y de educar a los estudiantes, a los padres de familia y tutores. Afortunadamente en este caso, la clase continuó junta al octavo grado y ahora muchas de las chicas asisten a la misma escuela secundaria local. Su relación no es perfecta, pero comprendieron mejor cuáles son las promesas y los peligros de la cibertecnología.
Si yo pudiese regresar a esa época con el conocimiento que tengo ahora, le hubiese urgido al Comité que desarrollara una estrategia para educar a los estudiantes, a los maestros y a los padres o tutores sobre la seriedad de la agresión cibernética. Hubiese querido que ellos supieran que los jóvenes tienden a desinhibirse cuando escriben en la red y que pueden comunicarse allí con más audacia que en persona; y que los jóvenes que leen los comentarios en línea pueden interpretar las palabras a un nivel exagerado que puede producir una severa ansiedad, temor y depresión.
Lo que sabemos ahora
Ahora, adelantémonos en el tiempo a enero de 2008 -casi todos los noticieros de la mañana, entrevistas y discusiones candentes en vivo, así como la prensa escrita informan sobre la tragedia de una chica de trece años de edad quien se suicidó después de ser víctima de una lluvia de comentarios que fueron puestos en una página en la red por un “niño guapo”, quien resultó ser una vecina adulta, la madre de un ex amigo.
Probablemente miles de escuelas pasan por experiencias similares -y muchas todavía afrontan estas crisis en un vacío, sin tener una guía que les ayude a manejar la situación.
Afortunadamente, existen nuevas herramientas que pueden ayudar a los estudiantes, a los maestros y a los padres o tutores, que explican la seriedad y los posibles efectos de la agresión cibernética.
Una de estas herramientas es un video sobre la agresividad cibernética, de 30 minutos de duración titulado Adina’s Deck (www. adinasdeck.com/), que se desarrolló como parte de una Tesis para obtener una Maestría en la Facultad de Educación de la Universidad de Standford.
Hay un momento este video en que Adina habla sobre cómo ella no quiso causarle daño a la chica de la cual dijo cosas hirientes; pienso que éste también fue el caso en nuestra escuela. Todos los padres de familia y los tutores quieren que sus hijos estén a salvo y sean felices, con una niñez libre de acoso, tanto en la realidad como en el ciberespacio.
Antony J. Varni vive en la región central de California. Es el padre de la actriz que hace el papel de Adina en Adina’s Deck (dos de sus hijas están en la película). Indica que sus hijas no estuvieron involucradas en el incidente escolar, pero que su familia sí lo estuvo y que continúa teniendo amistad con los padres de familia que se vieron involucrados en bandos opuestos, en el incidente que describió anteriormente.

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